jueves, 26 de noviembre de 2009

Homus Suburbanus



Aquí todo se puede, todo se vale. Yo me inventé la categoría del Homus Suburbanus, siguiendo las acepciones de la latinidad para crear adjetivos que denoten un nivel de la humanidad en cualquier nivel civilizatorio.

Yo soy un Homus Suburbanus un Hombre de los Suburbios para ser preciso. Nací, me crié, fuí feliz en un suburbio (mi unidad), un suburbio grandototote. Con el término Suburbio me refiero a estos territorios que estan por fuera de la Urbe, Urbs, más no de la ciudad, Civitas. Es decir, lugares periféricos de la mole urbanística que denota la centralidad en las ciudades grandes (y mas o menos grandes como Medellín), pero que no necesariamente son lugares marginales. A eso me refiero. ¿Me hice entender?

Entonces: yo siempre he sido un Hombre de los Suburbios. En Medellín crecí en un suburbio gigantesco que bien podía ser un municipio, ya que allí viven más de 6.000 personas (de las cuales unas 1.500 eran adeptos al chisme, la habladuría y el embuste). En una ciudad primermundista donde viví, también era un suburbio, pero el suburbio entendido al estilo anglosajón, así como lo que uno consideraba que era el barrio de los Arnold, la familia de esa serie gringa tan increiblemente buena que fue Los Años Maravillosos (nada que ver con esas novelas cacorras sobre médicos y enfermeras y hospitales). Después viví en otro suburbio, esta vez de una ciudad muy pequeña enclavada en un amplio valle del norte de las Motañas Rocosas, pero ese suburbio solo eran cuatro calles y había más mapaches que gente. Después, viví en otro suburbio que tal vez sea el suburbio más grande de Europa Occidental, tan grande como mi unidad de Medellín, pero eso sí, lleno de gitanos, marroquíes, senegaleses (muy buena gente), yemenitas, ceilaneses, filipinos, centroafricanos, gaboníes, coreanos, chinos y españoles pobres. Valga aclarar que aunque este suburbio era muy cosmopolita, no dejaba de ser suburbio, no dejaba de tener una vida propia. Asunto que es bacano porque me sentía como en mi unidad: la misma gente, los mismos personajes pero de nacionalidades distintas. Había hasta el clon de un man de mi unidad, un man que hacía mandados y domicilios en la legumbrería y en la farmacia. Le decían "Corroncho" porque era un costeño de Turbaco que se vino pa Medellín y en esas tiendas de la unidad le dieron trabajo. Allá en el suburbio de Europa el clon era un man de Mauritania que se llamaba Ibrahim y también hacía mandados en una bicicleta roja pero toda despintada ya. Un día yo invité al viejo Ibra a un cigarrillo y le dije que él tenía un clon en mi unidad, en Medellín, Colombia, y el se alegró mucho y dijo que eso merecía una alabanza para el todopoderoso Alá. Claro... no sin antes preguntarme que si Medellín estaba cerca de Venezuela. (Los musulmanes tienen una obsesión con el chavismo, ¡más rara!. Según creo, es porque un día Hugo Chávez dijo en una de sus giras por allá en Omán, que él era el mejor amigo occidental del mundo islámico)

En fin. Cuando me vine a vivir acá, por accidente caí también a un suburbio, uno grandote también en el sur de la ciudad. Recuerden que, hablando en niveles de magnitud, decir "grandote" en México DF, equivale a decir "enormemente gigantesco y desmesurado". Bueno, el caso es que también era un suburbio y la gente no iba al centro. Conocí una vez un man que en su vida había ido menos de 1o veces al centro. ¿Para qué voy a ir? me decía, si aquí en el sur lo tengo todo. Pues eso lo pienso yo también. En los suburbios tuve amigos, novias, iba a tabernas, a billares, tiraba pólvora, hacía deporte, asados y fritangas...Porque en un suburbio hay de todo eso. Lo mejor era llegar del colegio/universidad y ver gente ahí afuera, en las canchas o en las tiendas; hablando, jugando dominó, compartiendo ideas, contando e inventando las historias más inverosímiles que he oído en esta vida. Eso me pasó en todos los suburbios donde viví, lo cual me lleva a pensar que esos suburbios como que tienen un hálito de vida independiente. Uno le preguntaba a cualquier vecina: ¿Ya vio la pista de patinaje sobre hielo que pusieron en el centro? Y ella: -Si, la vi por Televisión.

Desde los primeros días de septiembre deje de ser un Homus Suburbanus, porque me pasé de casá, me cambié, como dicen aquí, para un lugar del centro. Valga aclarar que es el centro de México DF, una enormidad. Pero sí, es el centro, al lado del metro, con los teatros, los museos, los cines, una que otra embajada. Las casas viejas, los bares viejos, los restaurantes viejos, la tradición y la innovación. Las avenidas grandes, los "Griles", las Tiendas de Abarrotes Ultramarinos, la Cineteca Nacional, las Cantinas donde brindaron los revolucionarios de la década de 1910, las vecinadades como la del Chavo del Ocho. Vivo en un edificio de apartamentos grandotes donde muy posiblemente vivió durante su exilio mexicano Ernesto Guevara de la Serna, conocido como "El Ché". Todo me queda cerca, no llego cansado de la universidad, el metro es rápido y no me toca transbordar. Las rutas que comunican con toda la ciudad pasan por aquí, o muy cerca. Si un día quiero comer comida china, argentina, vietnamita, camboyana, colombiana, peruana, mexicana, salvadoreña (riquísima), y otras comidas de otras partes no es sino salir y llego caminando a cualquiera de los restaurantes. Si hago una fiesta todo el mundo sabe donde vivo y caen. Me asomo al balcón* y veo a la ciudad de México cuando es de noche: malandrines, putas, policías y los omnipresentes borrachitos que pasan caminando y temblando del frío.

Sí, ¿no pues qué?... El lugar más central. Pero, antes que nada yo soy un Homus Suburbanus, si, yo sé que soy un montañero pero me hace mucha falta llegar a mi casa y salir a tomarme algo en un muro donde está todo el mundo hablando cosas y muriéndose de risa, compartiendo ideas, contando historias inverosímiles. Yo sé, que desde que no soy suburbano leo más, estudio más, me meto mas a internet, y hasta tengo dizque un blog, pero no, extraño mucho la vida suburbana y no creo acostumbrarme a esta nueva vida citadina.

*La foto que puse en la entrada es lo que veo desde mi bacón si me asomo por la tarde

viernes, 20 de noviembre de 2009

Colombia es Pasión!!!


Aunque ustedes me dirán: ¿De qué le sirve a este bobo opinar sabiendo que ni vive aquí, ni hace nada por esa situación?

Si, tienen razón, pero quería solo hacer un comentario pequeño, una entradita breve acerca de una dirección que conecta a una página que está en esta abrumadora web.
Es un man, como un fotógrafo amateur que se llama Oscar Robles y que se aventuró a recorrer calles marginales de Barranquilla, la capital del departamento del Atlántico..."Puerta dorada de Colombia", tomando fotos (la mayoría de ellas muy morbosas) que son un testimonio irrefutable de la desmesurada y absurda situación que se vive en esta "Colombia es Pasión".

Usualmente uno lee la Revista SOHO, lee y ve medios de comunicación muy idílicos, que ya ustedes saben cuales son, y uno si se hace el desentendido llega a pensar: "eh, pa qué güevonadas pero el país si ha mejorado en estos últimos años...", pero no, ¿cual...?

Empeoró la impunidad, empeoró el desastre, empeoraron los presupuestos. El país en ruinas y su destino en llamas. Un artículo de la revista El Malpensante lo ilustra con mucha sobriedad, me gustó mucho como su autor lo expuso, brevemente, sensatamente, sin pasiones ni estribillos, sin ser quejumbroso, quiero decir. Más bien en un tono digno pero con en hálito de decepción absolutamente contagioso.

Lo que tienen en común el artículo de Felipe Escobar y las fotos de Oscar Robles es el asunto de la indigencia. Que hijo-de-puta testimonio. Me masacró el alma. Y claro, sí, yo sé. Si he visto gamines, si he visto indigencia y mutilaciones. Pero la verdad es que no quería que me lo recordaran, pero ya que lo hicieron pues me atrevo a decir que esto se quedó sin arreglo.

Las cifras actuales en Colombia muestran un número escandaloso: más de 8'000.000 de indigentes (ocho cero cero cero cero cero cero)=(ocho millones), y somos 45 millones. Eso no equivale a porcentaje alguno. Su único equivalente es a una catástrofe, una catástrofe que es el monumento más nítido a la irracionalidad. Es decir. Ocho millones de personas es juntar la población de Medellín y multiplicarla por cuatro (x4). Osea, una ciudad del tamaño de Bogotá pero solo poblada de indigentes. De gente que busca comida en la basura y que en la mayoría de los casos es drogadicta, por no mencionar las complicaciones de salud que debe afrontar sin amparo alguno.

Como dice un buen amigo mío: "esto ya no funcionó, hay que emigrar, es que esto es un mal chiste". Perdón si estoy muy negativo, si hiero a alguien con mis comentarios. Pienso en una teoría de una historiadora gringa que se llama Leslie Byrd Simpson, que habla de los "Many Mexicos", yo manipulo su teoría y la adapto a mi país, las "Many Colombias" que uno ve y tiene en frente pero que se rehusa a aceptar.

Colombia es Pasión, si, estoy completamente de acuerdo. Nunca lo había estado con éste régimen de Seguridad Democrática.

Sí, Colombia es Pasión, es como la pasión de Cristo: un martirio, un calvario el hijueputa...

domingo, 8 de noviembre de 2009

!Valientes Cacorradas!


Valientes Cacorradas. Bien lo ha dicho Juan David, el bloguero de Medellín. Esa expresión justamente la estaba buscando para tratar de exponer un problema (un "mi" problema) que tengo con las Valientes Cacorradas que se le ocurren a la gente de Medellín. Estoy seguro que a la gente de otros lados también, pero a ellos no los juzgo porque en realidad no los entiendo mucho. Solo creo que entiendo a la gente de Medellín y en parte a los defeños (pero muy poquito, en realidad).

En su última entrada Juan David habla muy claro de aquella cacorrada que se volvió muy de moda en Medellín y es el tal Fondue (Fondiú), toda una cacorrada, estoy de acuerdo, que si es rica -para qué pero si lo es- pero que es como un guiño que demuestra una sofisticación innecesaria y artificial. Se reunen seis o siete cacorros y cacorras y cacorrones a derretir cualesquier queso y a sumergir cosas comestibles en una ollita y a hablar maricadas. A contar chismes. Pero ese no es el problema. El problema es que lo que termina siendo vilipendiado es por ejemplo cuando uno invita a una amiga a comer patacones con hogao o empanaditas de San Joaquín y eso le parece como mañé, porque claro la cacorra tiene a sus amigos cacorros a quienes les encanta las cacorradas como el Fondue, pero las cositas que también son buenas y sabrosas pero originarias y autóctonas de nosotros son, por antonomasia, peyes.

He llegado a notar por ejemplo a una cacorra con su novio cacorro decir cosas como esta:
-Güevón, tenés que ir a comer fríjoles al restaurante que queda al lado de la Piloto. Güevón son la-lo-cu-ra. Osea, lo que pasa es que uno leyendo aquí no lo entiende, pero la cara que hacen cuando dicen "fríjoles y la-lo-cu-ra" es como dándole a entender a uno que los frijoles son todo un exotismo para el menú tan variado que ellos deben tener en sus casas. Osea: El cacorro y la cacorra en su encacorramiento desayunan pancakes con dulce de membrillo y jugo de naranja orgánico. Almuerzan esturión del mar Cantábrico con puré de garbanzos y cenan (porque no comen, cenan), sopa de nido de golondrina con fideitos de Camboya. Y claro, por eso los fríjoles de al lado de la Piloto son toda una novedad, un exotismo, la complejidad de lo cotidiano. Como si no se pudieran ir para El Incendio* a comerse unos verdaderos fríjoles, o como si sus mamás o abuelas no hicieran de eso. Otro día un cacorro me estaba hablando de lo bien que se sintió porque ese día no comió en no sé dónde ¿El Herbario? sino que se fue a comer al Alto de Las Palmas y que pidió mazamorra..."Güevón pero es que típico con mazamorra eso es muy llenador" decía el gran-cacorro. Claro que es llenador, pero lo dice como si eso fuera una sorpresa, como si eso fuera como una ofensa a su paladar y estómago acostumbrado a deshacer los mariscos más delicatessen del Pacífico sur. No pues, que cacorrada.

Otro gesto cacorro que me emputa, que son muchos los cacorros que son felices con cuanta cacorrada nueva abren allá. En estos días estuve conversando por messenger con un amigo. El me contaba que cuando le pagaron su salario lo primero que hizo fue irse para un lugar que se llama Hooters, que está, según me cuentan, recién abierto en Medellín. Yo le dije: ¿Parce, y la pasaste bien? Si güevón, super chimba porque es como muy exclusivo, muy caché. Y yo le dije: pues será exclusivo allá porque eso es de mañés en la USA y por aquí también. Allá no van sino puros mañés a ver partidos y a tomar cerveza y a gritar. El man como que se enojó, porque lo que el entiende por mañé, no es lo mismo que entiendo yo. Pero bueno, no quise arriesgar mi amistad con él por esa discusión.

Pensé además en el día en que abrieron Carrefour. La gente enloquecida, furiosa, furibunda, demencial...La 65 se paralizó porque todo el mundo se volcó a comprar güevonadas allá. También pensé en la familia que se va toda arreglada a comer a McDonalds. Y desde luego pienso en cada uno de los indigentes que están a la entrada de todos los McDonalds de la USA mendigando monedas para entrar a comerse la hamburguesa que vale 1 dólar. También pienso en una cacorra que decía que a Medellín le hacía falta un Starbucks. Yo sinceramente tuve ganas de ahorcarla. O un doble-cacorro también dijo un día que Medellín es otra ciudad desde que abrieron Blockbuster. Jueperra, esos son los momentos en que maldigo la muerte de Stalin.
Bueno también me acordé de Juan David Velez cuando mencionaba lo del cacorro GPS que ya todo el mundo anda con esa cacorrada pegada del parabrisas de los carros. No, pues cuidado se pierden cacorros y cacorras en la inmensidad de Medellín. Cuidado el hijo de la granputa-cacorra GPS les tiene que estar recordando que avenida La Playa es en un solo sentido.

Las comparaciones son odiosas en todos los sentidos. Pero me sorprende mucho la capacidad de deslumbramiento que tenemos en Medellín. Recuerdo un man de mi unidad que hace años llegó estrenando un Ford Fiesta. Antes al man lo apodaban de varias formas: Minero, Lanchero, y hasta un día supe de alguien que lo llamó Gaminator (osea, Gamineitor), pues el man era morenito y como más bien andrajoso. Pero resulta pues que el Ford Fiesta se lo ganó en una rifa, creo que la mamá. Y ese man, paso de ser Minero, Lanchero y Gamineitor a ser, simplemente, dizque "El Hijo". Ya le decían "El Hijo", que El Hijo, bailó, que El Hijo cantó, que El Hijo se está chupando a no sé cual. Y yo un día pregunté: ¿Minero va a jugar? y un man que se había convertido en su mano derecha me dijo: ¿Minero? ¿Cuál Minero? No, a ese man ya se le dice es "El Hijo". Yo pregunté: ¿El Hijo?, ¿hijo de quién?... y bueno, se enojaron conmigo. Hijo de ellos sería, manada de lambones. Y lo peor era que Minero se las creía todas. Hasta que la desgracia volvió a rondar su hogar y el Ford Fiesta lo tuvieron que vender porque no tenían ni para la matricula de los hermanitos de Minero (al hermanito mediano le decía Minerito o Lancherito). Ja, ja, ja. La Tragedia del Minero, como ese cuento tan chimba de "Efe" Gómez.

Bueno, no sé, yo tengo insomnio porque hoy hice siesta. Pero a lo que quiero llegar es que esa novelería tan afiebrada de Medellín tiene una gran virtud para quienes la protagonizan, es decir para los que la introducen, y es que en Medellín a las cosas peyes las vuelven chimbas, les sacan una reputación inmerecida. Pero seguro yo estoy equivocado. Y afortunadamente esto es un blog de ocurrencias que no le importa a nadie, y no es un examen, ni un cacorro "protocolo" de esos que me piden en la universidad. Pero si les pido a los que lo leen que comenten esta entrada, que yo quiero saber qué opinan, quiero conocer la verdad que surge después de las confrontaciones ideológicas. O desilusionarme por completo y dejar este mundo por entender que lo que escribí también es una Valiente Cacorrada. !Coménten pues a ver!

*El Incendio es una CHIMBA de restaurante que queda cerca de la Plaza Minorista. Los fríjoles que venden allá superan absolutamente a los de Mondongo's, Hato Viejo, El Rancherito, y que tristeza decirlo, también a los de mi hermosa abuela paterna Blanca Inés Henao. Pero así es la cosa.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Night Stalker, poeta!


A veces me pongo a pensar en que no es del todo bueno querer ser como la gente buena. Está bien, la gente buena es buena porque no le hace daño a nadie, la gente mala es mala por lo contrario, supuestamente. Este señor, el Night Stalker* de Los Ángeles, California es un señor malo. Malo malo, aunque no tanto como otra gente mala. Ahora está recluido en la prisión de San Quintín, en San Francisco, California y fue condenado a 19 penas de muerte (los gringos si saben lo que es Justicia). Me conmovió mucho algo que leí, pronunciado por él cuando compareció ante una corte judicial mostrando en la palma de su mano el trazo de un pentagrama: escena inmortalizada por ese gran dibujante que es Chuck Hodi.

"¡Legiones de la noche!, ¡Razas de la noche!,
no repitais los errores del Night Stalker
y no concedais clemencia alguna...
Yo seré vengado. Lucifer está con nosotros!"

No sé, me pareció como poética y yo no soy para nada oscurantista. La leí en voz alta y sonó bacano. Es que a veces a mi me parece que no queda otra opción que volverse malo, por lo menos para ser más malo que los que han sido malos con uno y con la otra gente. Y claro cobrar el mas dulce de los pagos: la venganza.

La gente mala también puede hacer buenas cosas. Este man es malo, pero hay gente que si ha hecho cosas mucho peores, mucho más asquerosas y mucho más hirientes para una sociedad.

Y bueno, mientras el mundo espera por su ejecución, yo aplaudo al poeta Ricky Ramírez, The Night Stalker!

*El Acechador Nocturno

viernes, 30 de octubre de 2009

Doña Clarita. Un lugar de mi ciudad!


No me voy a poner con cacorradas a hablar de "lugares antropológicos" ni de "no-lugares", ni de "lugares místicos" como esos lugares que la gente se inventa en lo más profundo de sus oscuras mentes. Una vieja un día decía: Ay, no es que la Universidad de Antioquia es un lugar mágico. Otro man decía: Me gusta CarlosÉ, porque es un lugar muy cultural. Otra comentaba: el parque Lleras me encanta porque es un lugar "muy cosmopolita" (¡que despropósito! ¿ah?)...

En fin. Yo quiero hablar de un lugar (a petición de mis lectores: Sr. Juan David, Srta. Margarita, Srta. Ana Patricia), que yo no sé que sea, en que categoría cabe. Se llama DOÑA CLARITA. Y es un lugar de Abolengo. Por lo menos, sé y me consta que existe en el mismo lugar desde los años ochenta. Si en todo lo que es Robledo (Noroccidente de la ciudad de Medellín), hay dos lugares emblemáticos, esos son: El Jordán (que data de finales del siglo XIX), y se ubica en la famosa "curva" para llegar al parque de Robledo viniendo desde la carrera 80, y el otro, es sin duda, DOÑA CLARITA.

Yo no sé, porqué se llamará así. Muchos robledanos (como yo), simplemente le dicen: "La Clarita"... "Más adelantico de La Clarita hay un montallantas, y un taller donde arreglan ejes" suele uno decir. Si la memoria no me falla después de tantos años de ausencia de mi ciudad DOÑA CLARITA era un predio que limitaba con la calle 79c por el oriente, con la marmolería Urquijo por el norte, con la quebrada "La Sucia" por el occidente, y con los establos de los Ochoa (La Margarita del 8), por el sur. Sí, esa es su ubicación. No es culpa mía si eso que menciono ya no existe, pero la calle 79c, la chimba, eso no lo pueden haber quitado.

DOÑA CLARITA es en realidad un "Estadero". Recuerdo que en DOÑA CLARITA, a la entrada había una publicidad de "Castalia", grandota que sostenía el nombre del Estadero. Era como un salón grandote, con techo de Eternit, y un barra larga que tenía espejos al fondo. Tenía piscina y una canchita de microfutbol. En sus mejores tiempos uno podía ir allá a montar caballo y dar una vueltecita por ahí por el parqueadero. Yo nunca farrié en DOÑA CLARITA, porque nunca me llamó la atención. Pero un día si fui a pisciniar allá.

El día que fui a pisciniar fue con un combo de amigos de mi unidad: Juanes, Andrés, Tato, y Palustre*. Y Que me perdone si lee esto (aunque no creo que sepa leer), pero recuerdo perfectamente que Palustre no sabía nadar y se metía a la piscina por las escalitas y se quedaba pegado del borde para no ahogarse. Ahí en esa piscina se pasaba lo más de bueno, uno pedía una "porción" de papitas a la francesa y, si señor, mero plata'o de papitas, así largas largas y gruesas junto con el tarrito de salsa de tomate. Que delicia. Estabamos comiendo papitas, tomando coca-cola helada y parchaos ahí afuera de la piscina asoliándonos y Palustre inocentemente intentaba aprender a nadar con las leyes de la empiria, osea, a su bendita suerte. Se pegaba del borde y pataleaba como para mantenerse a flote. Si lo lograba. Yo me reía de él, que gonorrea, yo sé, y me acuerdo que un señor que trabajaba allá, que era como un vigilante me decía: "Dejalon quieto home que el pela'o quiere aprender a nadar"

Fue famosa DOÑA CLARITA porque dicen que allá llegó a farriar Rubén Blades después de un concierto en el Atanasio Girardot. Que se emborrachó mucho, según dicen. Fue famosa también porque allí dio sus últimos suspiros el cantante Jairo Paternina, voz principal del Combo de las Estrellas, antes de morir a bala. Fue famosa (hasta hace poco) porque hicieron como una construcción al lado y pusieron una cámara de esas para uno broncearse y muchas robledeñas iban allá. Pero claro, también fue famosísima DOÑA CLARITA porque allá repartieron bala de lo lindo, y por eso comenzó a conocerse como "DOÑA BALITA". Se volvió muy peligroso, dicen los que saben (un amigo mío que parchó mucho allá), que fue porque DOÑA CLARITA se volvió un "after-party" muy famoso en Medellín, entonces digamos que no era un "after" como para la gente que salía de Mango's o esas discotecas caras...no. Así, DOÑA CLARITA en la madrugada de un domingo estaba llenísimo, y claro, seguro caía mucho bacán enfierrado con unas muchachas muy lindas y en carros y motos muy chéveres. Hecho que atraía a otra gente que, movida por diversos motivos, buscaba líos en DOÑA CLARITA. Gente de un barrio de al lado que se llama "La Invasión", que queda en el pie de monte del cerro "El Volador", dicen que allá llego a dar bala el famoso Harvery, más conocido como "Mortadelo", un pillo legendario del barrio Bosques de San Pablo (Robledo Central). Dicen también que en DOÑA CLARITA repartió bala "La Marrana", otro bandido avecindado en Robledo.

Uno podía ir a DOÑA CLARITA y farriar mucho, según dicen, porque la media de guaro era a precios muy favorables. Además, uno podía pedir carne asada, salchipapas, o si quería, salía, caminaba cuadra y media y llegaba a otro lugar muy famoso, pegadito de DOÑA CLARITA: "El Rinconcito Ecuatoriano", cuyo propietario, un ecuatoriano nacionalizado colombiano (y candidato al Consejo de Medellín) llamado Florencio Zambrano era un bebedor serio. Un día yo lo ví todo borracho arrumado en una mesa y le grité: "Florencio", y el se despertó y dijo: "Ecuadoooor. Campión de la copa muuuuundo"... yo no sé porque se le atravesó esa ocurrencia.
Pero bueno, lo interesante del Rinconcito Ecuatoriano era que había al lado unos perros formidables, de los mejores de todo Robledo: "Los perros del Marinillo". Deliciosos. Entonces, dicen que el parche era irse a farriar, rematar en DOÑA CLARITA y de ahí caer a comer donde El Marinillo un delicioso perro con triple huevo de codorniz. (Ya me dijeron que dizque los ha dañado mucho)

En DOÑA CLARITA dieron mucha bala, mucho gatillo, mucha fruta. Mi mamá siempre me decía: no pasés por ahí tan tarde que depronto te toca una bala perdida. Pero nada. Yo pasaba por ahí en mi carro y me quedaba boquiabierto viendo esas mamasotas que salían de allá todas piernonas, eso sí, acompañadas. Pero bueno.

Yo sinceramente espero algún día irme a tomar guaro a DOÑA CLARITA, quien quita que uno consiga novia allá.

*Le decían "Palustre" porque era muy flaco.

martes, 27 de octubre de 2009

[Reseña]. David J. Weber. Bárbaros: spaniards and their savages in the age of enlightenment. New Haven and London: Yale University Press, 2005. 406 pp

Por todos es conocido que los temas relativos a la occidentalización, y a la llamada “cuestión del otro”, han cobrado una importancia capital para los estudios de área tanto en las ciencias humanas como en las ciencias sociales. La Historia, la Antropología y la Sociología, por citar algunos casos, son disciplinas que han orientado sus derroteros investigativos en este interesante objeto de estudio, dado que en cierta medida, es un tema que aun arroja interrogantes acerca de las relaciones interculturales, desde las cuales, asuntos como la alteridad, la marginalidad y la hibridez, constituyen tópicos que justifican el interés para el entendimiento de determinadas culturas y sociedades, en este caso, la sociedad hispanoamericana del siglo XVIII y sus relaciones con las culturas y pueblos indígenas habitantes del continente que se mantuvieron al margen de la dominación hispánica emanada desde la administración borbónica a lo largo de dicha centuria.

En este sentido, David J. Weber plantea que la dominación política y militar de los pueblos indígenas habitantes de los territorios fronterizos en los dominios hispánicos fue una premisa fundamental del reformismo borbónico en América, en tanto que las fronteras no solo se consideraban como espacios ingobernados debido su poblamiento por sociedades indígenas resistentes a la dominación, sino también, en algunos casos, podían ser focos de atracción para las empresas de explotación agrícola y comercio clandestino por parte de las coronas rivales de la monarquía hispánica, lo cual contravenía de manera rotunda las aspiraciones borbónicas relativas a la soberanía territorial y el crecimiento de los erarios monárquicos. Así, Weber refuta en parte los planteamientos ya clásicos acerca de las políticas de dominación y vasallaje que la historiografía tradicional ha enunciado durante décadas, argumentando que al igual que Inglaterra y Francia, las políticas hispánicas frente a las sociedades indígenas no dominadas trascendieron las practicas religiosas de evangelización y conversión de los indios y buscaron integrar a dichas sociedades a un sistema económico favorable a las intenciones del Estado español.

En su obra, Weber explica el origen de las políticas empleadas por la monarquía hispánica para mediar las relaciones entre la autoridad y los “indios salvajes” que se mantuvieron al margen del dominio, centrándose en aquellas sociedades cuya dominación suponía una estrategia para la expansión económica imperial, y por ello comienza planteando un tópico necesario para sus explicaciones: el “salvaje” y su reconocimiento por el mundo occidental durante el Siglo de las Luces. En su exposición, Weber muestra como los “salvajes”, es decir, los indios considerados como tales por no estar sometidos al dominio colonial fueron apreciados bajo una nueva sensibilidad por parte de la corona española y sus delegados administrativos en América, hecho que para el siglo XVIII constituyó una evolución fundamental en comparación a las políticas de dominación emprendidas contra los indios en el período de la conquista. Dicha nueva sensibilidad, distaba mucho de las concepciones establecidas por los españoles en el siglo XVI, y consistía en apreciar a las sociedades indígenas bajo una óptica racionalista adecuada a los paradigmas científicos y filosóficos de la Ilustración, sin dejar de lado los proyectos políticos y económicos acariciados por la monarquía hispánica en este mismo período. Basándose en fuentes primarias como los documentos de la expedición de Alejandro Malaspina, y las descripciones e informes de Félix de Azara, en contrapunteo con el pensamiento europeo plasmado en las obras de Las Casas, Acosta, Montaigne, Buffon, Voltaire, Raynal y Robertson, el autor se sirve para ilustrar aquello de la «invención del salvaje americano» en el pensamiento europeo, particularmente en el español, que en ese entonces, alentado por el advenimiento de la razón se mostraba interesado por saber y conocer desde una perspectiva científica y filosófica acerca de la naturaleza de los territorios y las sociedades habitantes de los mismos, hechos que estaban directamente relacionados con los intereses imperiales de la dinastía Borbón por situarse en una posición favorable en los terrenos político y económico del ámbito europeo. En este orden de ideas, Weber rescata los debates de los philosophes europeos que darían lugar a la configuración de la Leyenda Negra y su recepción por parte de los pensadores españoles a lo largo del siglo XVIII, mostrando así que la invención de los “salvajes” y “bárbaros”, era mas consecuente con el pensamiento de la ilustración que con los proyectos religiosos de conversión al catolicismo.

Situándose entonces en el terreno americano durante el siglo XVIII, Weber inicia su análisis de lo que se entiende por “bárbaros”, basándose en las descripciones hechas por los europeos respecto de los habitantes de diversas regiones fronterizas del continente americano. Mediante fuentes primarias consistentes en crónicas de viaje, archivos históricos, relaciones geográficas e informes de visitadores civiles y eclesiásticos, el autor inicia su exposición apuntando sus análisis hacia aquellas sociedades ubicadas en las fronteras imperiales que desde el siglo XVI mostraron condiciones bastante adversas para el ejercicio de la dominación. Son pues las sociedades indígenas habitantes de las pampas, de la región del Chaco, de la costa caribeña suramericana, de la Mosquitia y de los territorios norteños de la Nueva España el centro de atención del autor, desde el cual expone minuciosamente qué y quiénes eran los salvajes o “bárbaros” que quisieron los españoles dominar para integrar al sistema colonial, bien fuera como vasallos de la corona o como entidades económicamente activas y tributarias de las arcas hispánicas. Weber, propone así que aquellas concepciones de «salvajes y bárbaros» construidas por los españoles estaban lejos de emparentarse con la rusticidad, la falta de civilización y el contacto con el mundo occidental, pues es indispensable recordar que las sociedades habitantes de estas regiones de frontera eran unos “bárbaros” que dominaban el caballo, comprendían el idioma castellano, manejaban a la perfección las armas de fuego europeas y además poseían fuertes vínculos comerciales con las demás naciones europeas que rivalizaban con España por el control territorial, político y económico de América. De ésta manera Weber demuestra que las intenciones borbónicas para la dominación e integración, es decir, la formación de «españoles americanos» tuvieron en el siglo XVIII otro significado, otra justificación y otros métodos diferentes a las tentativas desarrolladas en el siglo XVI, asunto que lleva al autor a plantear la existencia de un nuevo método surgido de la evolución del discurso hispánico tocante al tratamiento y aceptación de los indios como fieles vasallos de la corona y fuertemente vinculado a las ideas del mundo de la razón, un nuevo método pues que trato de basarse en la gentileza, el amor y la dulzura, antes que en la belicosidad, la fuerza y la violencia para lograr la dominación e inserción de los bárbaros. No obstante, se genera un interrogante acerca de la tensión que de seguro surgió entre tales políticas racionalistas de dominación y una antigua institución económica como la encomienda, que para bien entrado el siglo XVIII permanecía vigente como un sistema de trabajo y explotación compulsiva.

En su obra, Weber también trata el tópico de la civilización y los proyectos de occidentalización indígena desarrollados por el clero secular. Y aunque lo hace de manera superficial, menciona cómo la efectividad del proyecto Jesuita alcanzó a generar cierto malestar en el Estado español debido a la expansión del dominio religioso sobre las sociedades indígenas, asunto que concluiría con la supresión del proyecto misional de la compañía de Jesús por parte de la administración borbónica y la toma del proyecto doctrinero a manos de las ordenes mendicantes del clero secular. Sin embargo, en la obra también se muestra como los intentos misionales fracasaron en casi todos los territorios dominados por España, lo cual llevó a la corona a plantearse otras alternativas de dominación consistentes en intervenciones militares para sujetar a las sociedades que se mostraron más hostiles al control. Weber muestra que el asunto referente a la sujeción y a las tentativas militares hacia los indígenas poseía un trasfondo económico determinado, pues las sociedades no sometidas al dominio hispánico representaban un serio quebranto al sistema económico colonial, dado que las exitosas alianzas comerciales fraguadas entre los indígenas no sometidos y extranjeros como Ingleses, Franceses y Holandeses iban en detrimento de los beneficios económicos esperados por España, aunque el autor explica porqué los proyectos hispánicos de comerciar con los indígenas de las regiones fronterizas fueron un sonado fracaso que para la administración borbónica adquiría dos facetas diferentes, a saber: la no sujeción de los indios y la fuga de utilidades para los erarios, hechos que repercutieron en las iniciativas tomadas por el ministro José de Gálvez para la conformación de grupos de milicia que actuaran por la fuerza en las regiones insumisas, y para ello, Weber se vale de los ejemplos proporcionados por los informes oficiales de la época que evidencian aquellos vanos esfuerzos en contra de Chimilas, Chiriguanos, Mapuches, Seris, Pimas y Apaches, ilustrando pues los resultados surgidos entre las estrategias militares y las reacciones de tales sociedades.

Quizás uno de los temas más interesantes de la obra es el último capítulo, abordado a manera de epílogo por el autor. Allí, Weber culmina su exposición sobre el siglo XVIII y explora someramente las primeras décadas del siglo XIX mencionando los acontecimientos políticos y sociales que tuvieron lugar en el continente americano a partir de 1806. Tiene en cuenta la tensa situación desatada en la península ibérica con motivo de la invasión napoleónica y sus respectivas consecuencias en los virreinatos americanos, mostrando así como cambió el horizonte de las relaciones de los indígenas bárbaros y salvajes con la sociedad criolla y sus proyectos políticos por la búsqueda de la emancipación del fuero español. En este sentido, el autor ilustra la manera en que los indígenas fueron aprovechados para la conformación de ejércitos que militaran tanto en los bandos realistas como en los insurgentes, recurriendo a los casos más patentes de aquel fenómeno materializados con las adscripciones indígenas a la insurgencia novohispana, el caso de la filiación realista de los indígenas del sur occidente del Nuevo Reino de Granada, y los apoyos indios para el caudillismo andino durante ese periodo de contiendas militares. Weber avanza cronológicamente y se sitúa luego en el análisis de las políticas criollas frente a la cuestión indígena al inicio de la formación de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, donde los tópicos relativos a bárbaros y salvajes trascenderían en el tiempo como temas sin resolver, pues en nombre de la libertad y la legalidad, varias de estas sociedades indígenas permanecieron marginadas y sometidas a atropellos por parte de los estados republicanos que las redujeron y apartaron impidiendo su inclusión y sus aportes a los proyectos nacionales.

Así pues, Bárbaros: spaniards and their savages in the age of enlightenment, es un libro que resultará bastante sugerente para los investigadores interesados en los temas indígenas durante el período colonial, pues en la obra tienen cabida aspectos como las rebeliones, levantamientos y revueltas populares, donde los indígenas cobran un protagonismo vital y permiten comprender las complejas situaciones surgidas entre Estado y Sociedad durante la dominación colonial hispánica. Aunque cabe anotar que la obra se enfatiza en regiones determinadas del imperio español, y por lo tanto no inserta en sus análisis otras dinámicas referentes a regiones que también podrían contribuir a la investigación de una manera más completa, por ejemplo: el caso filipino, es un tema que no encuentra referencia en la obra y vale aclarar que fue también una región fronteriza por excelencia de la monarquía hispánica, con una población indígena apreciable y notablemente expuesta al contacto extranjero. Además, resultaría interesante mencionar que al tratarse de un tema referente a la occidentalización y la “cuestión del otro”, en la obra de Weber, las poblaciones de esclavizados posteriormente hechas cimarronas al margen del control hispánico no son tenidas en cuenta a pesar de haber representado también un problema que se insertó en el discurso dicotómico europeo sobre la barbarie y la civilización. En éste sentido, la obra es un aporte interesante que demuestra avances significativos en el tema, es un buen ejemplo historiográfico que demuestra el oportuno e inteligente manejo de una abundante documentación, su estructura es bastante amable y la distribución de sus capítulos sugieren al lector una lectura lineal, útil y agradable, pues además de las exposiciones textuales, la edición de la obra incluye un buen número de ilustraciones y de mapas que complementan la exposición de la investigación haciendo de este libro un esfuerzo valioso y puntual, del cual se espera una pronta traducción a nuestro idioma*.

*De hecho, ya existe y puede conseguirse. David J. Weber. Bárbaros: Los españoles y sus salvajes en la era de la Ilustración, Barcelona, Editorial Crítica, 2008.

domingo, 18 de octubre de 2009

Uno de tantos infiernos...


No hace mucho el "estado mayor" del Vaticano reconoció que, como lugar, el infierno no existe. Teólogos y teóricos de toda ralea han llegado a plantear que el Infierno es una condición, una situación que, al igual que el Paraíso, puede hallarse en la misma tierra.

Y sí, lo confirmó hace poco el expresidente del Perú, Alberto Fujimori, al igual que cinco siglos antes lo confirmaran los exploradores y marinos que se toparon con un terruñote buscando llegar al continente asiático. Pero todo esto que estoy diciendo son alardeos de erudito casposo. Aunque estoy de acuerdo, el infierno es una situación.

¿Cuál situación? Para mi, no hay muestra más clara y nítida del infierno que estar sobrio en una fiesta llena de borrachos. Uno puede llegar a sentirse mal, fuera de órbita; los borrachos construyen su mundo de algarabía, de risas, lágrimas y bailes de trencito. Brindan por motivos raros, y vociferan cuanto se les atraviesa por la mente. Fuman mucho y cantan.

Yo no tengo nada en contra de ellos. Ellos están alegres a pesar del frío. Pero prefiero no volver a fiestas en las cuales no haga parte del equipo vencedor. Ahora entiendo más o menos, y les doy toda la razón, a las mujeres que prefieren no tener novios borrachines. Y ahora estoy pensando en la pereza que me dan la mujeres borrachas. Solo un borracho las quiere querer.
Los borrachos y las borrachas hablan muy de cerca y exhalan tufo de cigarrillo y de alcohol. Y a todo le dicen que "sí", siempre asienten y siempre quieren bailar con el pobre samaritano que no se ha tomado una sola copita. Además le dicen "amargado" y otros improperios que adquieren otra dimensión cuando atraviesan la frontera del mundo ebrio hacia la del mundo sobrio. ¿Amargado?... ¿Será que sí?.

Anoche yo me sentí en el puto infierno. Un infierno lleno de diablos y diablas borrachas que festejaban la bienvenida de otro diablo venido de otro infierno, pero en el norte de Europa. Tenía mucho frío, mucho sueño, el lugar apestaba a cigarrillo, había regueros, era imposible dormirse en un sofá porque una borracha me jalaba la mano para que yo bailara. Tenía mucha hambre y ese infierno estaba demasiado lejos de algún lugar para poderla mitigar. Pero el frío, el hijo de puta frío. Y ningún borracho me prestaba nisiquiera una cobijita. Yo no sabía que eso me iba a pasar. Los borrachos son gente avivata. Saben que una noche construirán su infierno alcohólico y por eso no llevan carros, y no, no es porque quieran cumplir la ley, es porque son malos y quieren que nadie se escape de su infierno. Que una pobre víctima como yo no pueda huír a eso de las 12:00 p.m. a buscar el último tren que lo lleve a su casa para dormir en paz. No, los borrachos endiablados y perversos quieren que uno se quede y que poco a poco las llamas de su infierno lo consuman, aunque esté tomando antibióticos y por nada, absolutamente nada uno pueda beberse una simple cubita.

Anoche, el diablo mayor de aquel infierno, escondió las llaves. Y no dejaba salir a nadie. Todo el mundo estaba confinado a su predio: un onceavo piso en Lomas de Santa Fe, es decir, en la gran-puta-mierda. Si uno ahí no tiene carro, se lo llevó el doble-hijo-de-su-puta-madre, porque no hay una puta estación de metro cerca, ni hay nada, solo las tinieblas del averno más ostentoso de la América Latina. Una diabla, creo que salió porque su celular no cogía señal, y yo pensé en escaparme, pero mi intentona fue un gran fracaso porque un diablo no me dejó salir.

Creo que fue la noche más espantosa que he tenido este año. No creo que sea necesario estar borracho para pasarla bien, pero creo que es mejor abstenerse de salir cuando no se puede beber tranquilamente, más aún cuando la fiesta es muy lejos de tu casa, en condominios de gente acaudalada donde simplemente los taxis no existen, y nadie te dice: lleváte el carro y me lo traes mañana, que siento que la estás pasando mal. No, eso no ocurre. Me sorprendió mucho lo poco atractivas que se ven las viejas borrachas, no digo prendiditas, sino borrachas, caidas de la perra, "como una mica" -según mi mamá-, o "con una rasca vergonzosa", -según una tía mía. Y no, no es moralismo, es que el mundo de los ebrios es otra dimensión. Un mundo que nisiquera es paralelo, es como un mundo trastornado y que huele como a cosas vencidas, es un infierno. Pregúntenselo a Jack Kerouac o al genio de los borrachos: Malcom Lowry, ahí en Bajo el volcán yo creo que se hallan respuestas.